lunes, 29 de diciembre de 2014

Ignorancia consentida

A menudo mi abuelo, viendo el telediario, se pone a descalabrar sobre los inmigrantes, y suelta frases del tipo: “¡Sí es que vienen aquí a quitar el trabajo a todos los españoles!”
Yo no puedo más que reírme un poco, no mucho, pero la verdad es que le comprendo. Él no sabe muchas cosas (básicamente porque no se las enseñaron nunca, eso de criarse en una dictadura es lo que tiene). No sabe, por ejemplo, que esos inmigrantes de países arábigos o sirios, en el fondo islamitas, poblaron la península ibérica durante 780 años, unos siglos más de los que llevamos desde los reyes católicos, y pondría la mano en el fuego a decir que en la mayoría de nosotros corre por nuestras venas sangre bereber, le pese a quien le pese.


Esto, que hoy en día es cultura general, el pobre de mi abuelo no lo sabe, y por eso no le puedo culpar, no le puedo recriminar nada. Es como si desde que naciste te dicen que una silla se llama mesa, pues dentro de 20 años vas a llamar mesa a donde te sientas, y quien te diga que no se dice así le mirarás un raro y no le harás mucho caso. No obstante, se sigue oyendo a gente decir las mismas barbaridades que mi abuelo, y ésos sí que saben (o por lo menos estudiaron en un pasado) Historia, lo único es que se la pasan un poco por el forro, como hiciera el franquismo y posteriormente algunos de los políticos de nuestra amada democracia (véase Cataluña). La Historia, desde siempre, ha sido un arma arrojadiza que va cambiando de manos según la época, con la que cada cual busca con ella una forma de enfatizar, de dar más fuerza, validez, o justificación a lo que está haciendo, por muy amorales o estúpidas que sean las acciones que se estén llevando a cabo. Es una forma de engañar a la población, a base de repetir la misma mentira una y otra vez, y otra, y otra… hasta que al final la gente toma como verdadera eso que les dicen desde siempre, llegados a ese punto, ya no habrá nada que hacer. 

Otro ejemplo de cómo nos manipulan a diario es la utilización de la lengua. Esas formas “políticamente correctas” de hablar, que cada vez más a menudo emplean nuestros políticos más carismáticos (por miedo a perder votantes y votantas). Me estoy refiriendo a esas coletillas tan usadas de “ciudadanos y ciudadanas, españoles y españolas, miembros y miembras...” y por desgracia un largo etcétera. Hoy en día a la gente no le resulta extraño oír decir juez y jueza, dependiente y dependienta u otras burradas por el estilo. La gente (y la genta) ya lo ha aceptado como que está bien dicho -como el dichoso leísmo que impera en Valladolid- para ese grupo de población, ésa es la forma correcta de hablar, pero aquí encontramos un matiz muy importante, y es que ellos nos han coaccionado a hablar así, no ha sido la población en general quien a lo largo de décadas utilizando la lengua de ese modo, finalmente se ha aceptado como correcto esto o lo otro. No ha sido así, sino que varios colectivos han querido imponer una forma de hablar a la sociedad, y no se puede obligar a que se hable acorde a una ideología determinada porque a unos (y a unas) les da la gana, sin tener en cuenta a los otros 400 millones de hispanohablantes (e hispanohablantas). Básicamente porque el castellano no nació ayer, ni antes de ayer, sino que tiene unos cuantos siglos de historia.


Volviendo al tema, entre los 2 casos expuestos se puede ver claramente un elemento común: los políticos y los demagogos. Pero también hay otro, que no está citado explícitamente, pero sin el que no sería posible nada de esto: la ingenuidad de la gente, el analfabetismo políticamente rentable.

Pero con diferencia, lo que más miedo me da, es oír a estudiantes (y estudiantas) decir que para qué les vale estudiar filosofía o lo que escribieron 4 amargados, que ya podían haberse muerto Kant, Unamuno, Baroja o Cervantes antes de haber escrito nada; esto es lo más peligroso: el gusto por no saber, la ignorancia consentida, el no querer saber más de lo que te cuenta un gobierno o un colectivo particular, para no andarse con historias y dilemas. De lo que no se dan cuenta, es que gracias a esos amargados, hoy en día tenemos la suerte de estar en un sistema de gobierno no autoritario -a pesar de que tenga bastantes fallos e inconvenientes- y somos más o menos libres de expresar lo que nos dé la real gana. No sólo eso, gracias a ellos, el leer casi cualquier tipo de obra literaria te da un bagage y te permite tener una actitud más crítica de la realidad. 
Y éso no se puede comprar, ni vender, eso o se vive o se lee.

domingo, 28 de diciembre de 2014

Vendedores de humo

La profesión más rentable de hoy en día es ser vendedor de humo -hace siglos los típicos vendedores de bulas- En españa, encuentran el mejor hábitat para desarrollarse. Un ejemplo claro lo vemos en la mayoría de partidos políticos, desde Pepé hasta Podemos, pasando por Pesoe.


Cada uno, en su ámbito, nos intenta vender distinto humo, diferente bula. Los primeros, que si hemos salido de la crisis hace unas horas o unos días, que no hay gente pasando hambre y que somos unos exagerados, que la bonanza económica se huele en el aire y hasta un ciego podría verla; todo eso, obviamente, ha sido gracias a que les han votado. Los del Pesoe nos intentan vender un humo que a priori parece nuevo, innovador, diferente a lo que había antes, pero que en el fondo es más de lo de siempre, presentado en una envoltura más o menos bonita, para hacer un poco el paripé. Y a los de Podemos les pasa una cosa parecida, ya que mientras en el Pesoe saben que lo que nos venden no es nuevo (pero aún así piensa que si cuela, pues coló) éstos se creen que han descubierto la panacea, que lo que dicen es algo insólito, inaudito  son muy aficionados a contar chistes, que sí salir del Europa, del euro… ya sí nos ponemos de la Tierra y del universo, y uno de sus puntos capitales: “quitarle todo a los ricos para dárselo a los pobres” es de lo más hilarante -que yo no digo que no estaría bien hacerlo- pero ellos proponen que solamente con lo que les quiten es  suficiente para pagarnos (a todos) un salario mínimo, rebajar la jornada laboral y la edad de jubilación, y mantener una sanidad educación públicas ,todo eso única y exclusivamente dando un puñetazo en la mesa de las grandes empresas -intentando acojonarlas un poquito- y quitándoles hasta el último céntimo a todos los ricos, ya de paso me gustaría conocer el baremo por el que van a determinar quien es rico y quien no. No estoy diciendo que no tengan otras alternativas gracias a las cuales puedan hacer frente a todas esas medidas utópicas, pero si las tienen no las van pregonando a los 4 vientos como esta otra, es más, prefieren vendernos ese otro humo que políticamente es mucho más rentable, llega más al corazón -y sobre todo al bolsillo- de los  ciudadanos.

Envuelta en todos estos humos la población española, con tan sólo 30 años viviendo en democracia, empieza a hartarse, y cada cual anhela comprar el humo (que parece) le convence más, creyendo que va a ser diferente al resto. Está impaciente por probarlo, por inhalarlo. Y pensar en ésto, en ver qué humo es mejor que otro, tragándotelo entero, sin contemplaciones, sin probar otros humos que pueden ser iguales, pero siempre son algo diferentes, le proporciona una satisfacción y una seguridad, que ya no necesita de la filosofía o de la lectura para mantener a raya a esos vendedores de humo ambulantes. Lo peor de todo es que la gente no sabe (o sí lo sabe ya le da lo mismo) que esos humos son realmente cancerígenos.

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